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Notas de Prensa
15.03.14 01:44 Antigüedad 4 meses

Presidente Carter, los pueblos se hermanan cuando los conducen hombres justos e íntegros.

Categoría: Notas de Prensa, Discursos

 

El lapso de su presidencia dejó ese rasgo feliz y democrático para el mundo, y por eso el Tribunal Electoral de Panamá lo reconoce así, aquí en nuestra nueva sede, Casa de la Democracia Panameña honrados con la presencia de los expresidentes de la República, exmagistrados del Tribunal Electoral,  exnegociadores de los tratados Torrijos Carter, cuerpo diplomático, la Junta Nacional de Escrutinio, el Consejo de Rectores y la más alta plana de funcionarios del Tribunal Electoral  que hoy nos acompañan.

 

Soy el vocero de esta institución,  integrada en este momento con mis queridos colegas Eduardo Valdés Escoffery y Heriberto Araúz Sánchez, y que ha sentido por 20 años su ausencia a nuestras elecciones, presidente Carter. Usted y nosotros sabemos las razones por las que el Centro Carter había dejado de venir a observar nuestras elecciones.  Su regreso nos llena de júbilo, porque estamos en una coyuntura electoral inusualmente compleja y su sola presencia llama a tirios y troyanos al comportamiento ético y al respeto de los derechos humanos atinentes a la política.

 

Panamá lo reconoce -además de sus muchos méritos como hombre de paz y promotor del respeto a los derechos humanos y de la democracia -como un entrañable amigo que comprometió su propia imagen política yendo a contramano, en un país que durante su mandato reconoció que la autodeterminación es el mejor recurso para la convivencia pacífica entre las naciones.  El cuatrienio de su mandato bien podría llamarse el despertar de la solidaridad en América.

 

Son memorables, presidente Carter, las palabras sabias de muchos de sus discursos, entre ellos aquel donde manifestó que: 

 

"Os digo con toda franqueza, que el tiempo de la discriminación racial ha terminado. Ninguna persona, sea pobre, campesina, débil, o negra, debería tener que soportar la carga adicional de ser privado de la oportunidad de una educación, un puesto de trabajo o la simple justicia."

 

O cuando se refirió a aquella crisis de confianza que el pueblo norteamericano vivía, y que sabiamente describió así.

 

Quiero hablar con ustedes ahora sobre una amenaza fundamental para la democracia estadounidense. . . .

 

No me refiero a la fuerza hacia el exterior de Estados Unidos, una nación que está en paz esta noche en todo el mundo, con una inigualable potencia económica y poderío militar.  La amenaza es casi invisible de forma ordinaria. Se trata de una crisis de confianza. Es una crisis que golpea en el corazón y el alma y el espíritu de nuestra voluntad nacional. Podemos ver esta crisis en la creciente duda sobre el significado de nuestras propias vidas y en la pérdida de una unidad de propósito para nuestra nación...

 

En una nación que se enorgullecía de trabajar duro, de familias fuertes, de comunidades unidas, y de nuestra fe en Dios, demasiados de nosotros tienden ahora a la autoindulgencia y al culto al consumo; la identidad humana ya no se define por lo que uno hace, sino por lo que uno posee. Pero hemos descubierto que poseer y consumir cosas no satisface nuestro anhelo de significado...”

 

Cito estas palabras, presidente Carter, porque ellas son el súmmum de lo que es su vida pública, quizás desde aquellas noches en casa de Rachel y Jack Clark… o aquellas escapadas al cine en Americus, con su entrañable amigo de la infancia, A.D. Davis.

 

Se perfilaba con una esplendorosa claridad su afán de justicia, de solidaridad, de compromiso con el derecho de los otros a una vida justa y plena. Y por eso los panameños supimos desde el primer momento de aquel año de 1977, cuando dijo en su toma de posesión: “Hemos aprendido que más no es necesariamente mejor, que incluso nuestra gran nación tiene sus límites reconocidos…”  supimos los panameños, decía, que en su mandato -y con la concurrencia del proyecto que susurraba soberanía en la mente de Omar Torrijos, interpretando a toda la nación panameña -se abría una puerta grande para el futuro de las relaciones entre ambas naciones.

 

La conjunción histórica de su liderazgo en los Estados Unidos de América, y el de Omar Torrijos en Panamá, generó la única posibilidad de fraternidad duradera entre nuestros dos pueblos, predestinados por la geografía y la historia, a escribir las más bellas páginas de respeto y dignidad en las relaciones entre naciones.

 

Sé de buena fuente que usted apreció a Omar Torrijos como a un amigo, más que como a un jefe de Estado. Quiso el destino -en otra de esas jugadas incomprensibles y que tanto nos cuesta aceptar- que no vivieran ambos para rememorar los empeños y precios que hubo que pagar para lograr la firma de los tratados que devolvieron el Canal, y las mieles de su verdadero tesoro, su posición geográfica, a los panameños.

 

Para los habitantes del feraz istmo significó el colofón feliz de una larga jornada de dolorosos sacrificios; para los norteamericanos, se sabe hoy, reconocer que los equivocados en la apreciación de hacer justicia devolviendo el Canal, eran quienes se oponían al empeño que los unió, y dejó imborrable  la más significativa victoria de ambos mandatos: los Tratados Torrijos-Carter.

 

Esta noche también habremos de reconocer que dos estadistas son uno al otro cuando funden sus empeños en uno solo; en el afán de ser justos, y sin importar tamaños ni poderíos; las asimetrías son insignificantes y carentes de cualquier proyección, si la justicia las supedita, presidente Carter. 

 

Unido a su inclaudicable compromiso por los derechos humanos y el fortalecimiento de la democracia en América y el mundo, está para nosotros, los panameños, el mérito que nuestro pueblo le reconoce hoy, con este pergamino, mediante el cual le expresamos nuestra gratitud por el bienaventurado futuro que su integridad y conciencia justiciera de mandatario revestido de la más sublime ética y moral, abrió para Panamá.

 

Por los tratados y por la democracia, los panameños jamás podremos agradecerle suficientemente,  presidente Carter.

 

Como dijera Benito Juárez “entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

 

En nombre de mis colegas y de todos mis compatriotas de todos los signos políticos, solo me queda reiterarle, muchas gracias, presidente Carter.