Bookmark and Share

Publicaciones - Discursos - contenido

Discursos
26.09.12 20:29 Antigüedad 5 meses

Mensaje pronunciado por el presidente de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa, Roberto Troncoso Benjamín

Categoría: Discursos

Por: Roberto Troncoso Benjamín

Buenas tardes:

Presentar a un orador de fondo es siempre una tarea gratificante, porque la elección se hace en base a múltiples méritos.  Los oradores de fondo son personas que se distinguen en alguna actividad humana: desarrollo social, ciencias, solidaridad, política, presencia espiritual, conocimiento, cultura… arte.

 

Si pensamos en cualquier profesión, trabajo, oficio, siempre habrá alguien que se destaca porque su tesón rompe la mediana humana y social del desempeño.  Sólo quienes se desenvuelven con aspiraciones y sueños -y los sustentan con tenacidad y perseverancia- alcanzan la meta más anhelada de un ser humano: profunda satisfacción personal. 

 

Pero cuando nos toca presentar a una persona que –además de cumplir los requisitos para ser orador de fondo- es vista como adalid de los sistemas que la especie humana ha edificado para su convivencia –como es el caso de la democracia- la gratitud se eleva a la jerarquía de entusiasmo, y a uno se le hace fácil presentarla.  Es el caso de Gerardo Solís, magistrado presidente del Tribunal Electoral, quien se adorna, además, de una distinción poco común en las figuras públicas: la humildad.

 

Conozco a Gerardo. Quizás ni él mismo sabe cuánto lo conozco. Lo he visto desempeñarse con pasión durante los últimos dos años, en periodicidad semanal, y atendiendo con esmero los temas que nos falta comprender y especificar para que nuestro país se enrumbe hacia el primer mundo.

 

Pudo haber sido otro funcionario más en pleno disfrute de su posición, y ha preferido el fragor de las jornadas de lucha institucional, el enaltecimiento de la honestidad pública, la exposición a la insidia, y la acechanza de los marrulleros a sueldo, la ausencia del calor hogareño y hasta la posposición de planes personales, para que nuestra sociedad tenga la plataforma eficaz que le permita superar el terrible escollo que supone organizar la selección de quienes deben administrar el país.

 

Esa es una tarea ingrata, porque se trata de ponerle reglas a la ambición política y al poder económico, camuflados y guarecidos bajo los anchos aleros de una institucionalidad pobre, que invita a delinquir en dos direcciones: la conculcación de la libertad social y el saqueo del erario nacional.

 

El trabajo de una persona no es suficiente. No basta el denuedo de algunos. Ya ni siquiera es suficiente pronunciarse. La institucionalidad ha tropezado con una valla inicua, un muro casi impenetrable que impide el desarrollo humano y social de los panameños. El país rico, productor, reconociéndose en sus oportunidades, enfrenta la tiranía de la ambición, la sociopatía y la ausencia de escrúpulos.  

 

Que la tarea de APEDE no quede en una distinción corporativa a un adalid, cuando lo que se impone es un atrincheramiento junto a él. Los Gerardos Solises han existido y seguirán siendo parte de nuestra obra nacional, porque está en la esencia del ser humano luchar contra su maldad innata. Pero es un despilfarro desaprovechar cada ocasión, blandiendo el ajado argumento del respeto a los gobernantes, la paz social, el equilibrio nacional para que el capital fluya, los fueros políticos, la caducidad quinquenal y quién sabe cuántos más que nos inventaremos para la inmovilidad causada por el miedo. Mientras los Gerardos ponen el pecho, nosotros ponemos las palabras.

 

No me extiendo más, querido Gerardo.  Pero sí comprometo –al presentarte como nuestro orador de fondo- la determinación apediana, para que la herencia de tu magistratura no muera en los próximos 20 meses, y otra vez la vergüenza electorera ensombrezca la vida nacional. 

 

Si nos responsabilizamos como mujeres y hombres dignos, y comprometemos nuestra nobleza junto a los denuedos y la honra política, escuchemos a Gerardo Solís, magistrado presidente del Tribunal Electoral.

 

Muchas gracias.